Todo es diferente. El café no huele igual por las mañanas y las tostadas definitivamente están más sabrosas con mantequilla que con margarina, pero es lo que hay, ahora tengo que mantener la línea. Los pelos en la ducha son más largos, la espuma de afeitar se amontona en los estantes y toda una serie de productos que aún no se para qué sirven luchan por ocupar su lugar.
Llegamos a mi cuarto, casi me duele el desorden, otra cosa nueva. La cama está arreglada, una preocupación menos, el problema es toda esa ropa, ahora inservible, que se amontona encima de la silla, no se cómo había podido vivir antes en un sitio así. Todo es diferente.
Recojo mi teléfono móvil y hecho un vistazo a mi lista de contactos: Mamá, Papá…es increíble que vivan tantos años, siempre se dijo que nos enterrarían a todos. María, mi esposa, siento dejarte así cariño, pero hay cosas que no podemos controlar. Victor, mi hijo, todo un hombre, suerte con tu trabajo, me gustaría poder ayudarte, pero hay cosas que no podemos controlar. Los demás solo son viejos amigos, que poco a poco han ido convirtiéndose solo en nombres con los que rellenar las agendas y con los que encontrarse en hospitales y tanatorios…bueno, estos ni eso.
Será mejor que coja el sombrero antes de salir a la calle, ha pasado muy poco tiempo y el pelo aun no ha crecido en esa zona. Fuera también es diferente. No puedo evitar fijarme en todo, los zapatos de esa señora; la corbata de ese hombre; esa de ahí va teñida y ese jersey no le queda nada bien. También noto como me miran, tanto hombres como mujeres, esto es raro para mí, no se si se me nota algo, si se ha descolocado el sombrero o qué diablos pasa. Sin embargo, hay una parte de mí que se alegra de que me miren.
No puedo aguantar más la incertidumbre, así que me detengo delante de un escaparate para comprobar mi aspecto en el reflejo del cristal. Ahí está, treinta y nueve años, de estatura media y complexión delgada. Una mujer de pechos turgentes y sinuosas curvas, cabello rubio, tapado por un sombrero negro, y ojos azules. Esa mujer, vestida de rojo, una auténtica desconocida para mí, es la que hizo que todo cambiara. Mis carnosos labios sonríen y arqueo las cejas para saludar a mi nuevo cuerpo.
Me tomo unos minutos para observar la ropa del escaparate. Otra cosa nueva, qué extraño era ese deseo de mirar ropa nueva. ¿Eso también se vería afectado por las hormonas? Escucho un silbido. Un obrero de la construcción parece impresionado por mi cuerpo. Una parte de mi se siente ofendida, pero otra no puede evitar reírse y alegrarse de despertar el deseo de ese hombre. Es en ese instante cuando observo otro de los cambios, el que hasta ahora me parece más radical. Los hombres me atraen, y las mujeres no, ni un ápice. Parece que no todo iban a ser ventajas, pero tendré que acostumbrarme, en estas cosas, el cuerpo manda y ya tendría tiempo de pensar y de probar esas cosas.
La exploración del nuevo mundo que se había abierto ante mí tendría que esperar, cuando salí del laboratorio estaba aun desorientada y no presté atención a nada de mi alrededor, solo volví al apartamento dónde había pasado los últimos seis meses y dormí. Hasta esta mañana. No he mirado el calendario, pero puede que haya dormido varios días, solo espero que no hayan sido suficientes para que alguien metiera las narices y mi pasado siguiera intacto.
El laboratorio está desierto, normal. No parece que haya entrado nadie, menos mal, todo estará en su sitio. Bajo hasta la planta del sótano, aquí hace mucho frío, pero es lógico, teniendo en cuenta que es tanto un quirófano como un depósito.
Efectivamente, todo está en su sitio, hasta la más mínima gota de sangre se mantiene en su justa localización, justo dónde la dejé. En la camilla está el cuerpo, tapado con una manta, y en una de las esquinas continúa el cadáver del Doctor Ibáñez, el encargado de obrar este milagro con ese novedosísimo procedimiento.
Me acerco al cuerpo de la camilla. Al destaparlo asciende un olor bastante desagradable. No se si he hecho bien en mirarlo, pero debía hacerlo. Los ojos están cerrados, la piel completamente blanca y la parte superior del cráneo está abierta y hueca. Aún así, puedo reconocerlo perfectamente: Juan Escámez, mi antiguo yo, mi antigua vida, mi antiguo rostro. Retiro un poco la mirada, pero me encuentro con algo peor. En mi antiguo tórax se distinguen las protuberancias del tumor, un cáncer óseo que habría acabado con mi vida en unas semanas, si el Doctor Ibáñez no lo hubiera hecho antes, por supuesto.
Vuelvo a tapar el cuerpo y me acerco al cadáver del Doctor. En sus manos aún tiene la carpeta. En mi cabeza se suceden los flashes, recuerdo confusión, e ira. Recuerdo al Doctor tratando de convencerme de que suelte el bisturí y protegiendo la carpeta. “Debes empezar una vida nueva, ya te has quedado con su cuerpo, no te quedes también con su vida” Esas fueron sus últimas palabras, después solo recuerdo sangre, mucha sangre, que ahora salpica las paredes.
Recojo la carpeta. Dentro hay una historia médica, con la foto de mi nueva cara. Carmen Andújar se llamaba(o me llamo) y murió por infarto cerebral. Una suerte para mí, que mi cerebro estaba intacto. Ella necesitaba un cerebro sano y yo necesitaba un cuerpo sano. Todos ganamos.
Cierro la carpeta y me acerco al material quirúrgico. Después de ponerme una bata para no manchar mi ropa, comienzo la ardua tarea, no debe quedar nada de lo que pasó aquí. Uno a uno, voy descuartizando los miembros de mi antiguo yo. Después le toca el turno al Doctor y después me paso un par de horas limpiando la sangre.
Introduzco las partes de ambos cuerpos en dos bolsas de cadáveres del depósito. Antes de cerrar la de mi cadáver, me detengo a mirarme la cara por última vez. Cojo mi móvil de nuevo, me despido de mi vida y lo lanzo dentro de la bolsa. Es absurdo conservarlo ahora que todo es diferente.